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Ideas, textos, pensamientos

Jamaica

Hoy me he enfrentado a la situación más irreal de toda mi vida: en la entrada del cine había un tumulto de gente alrededor de dos jóvenes jugando al ajedrez en el suelo. Uno de ellos decía llamarse el Rey del Ajedrez y retaba gratuitamente a cualquiera que se prestase a cumplir sus normas, para aderezar el ambiente al otro lado había un cartel donde se podía leer que hacía todo esto para obtener dinero con el fin de comprar un billete de avión que le permitiera ver a su padre, en Jamaica, el cual padecía una enfermedad gravísima y que hacía años que no veía.

Ante esta situación atípica (alguien con, en principio, un buen nivel de ajedrez pidiendo en la calle con dignidad) lo primero que se le pasa a uno por la cabeza no es ‘¡que desgracia!, cómo pueden ocurrir cosas así en el siglo XXI’, ni si quiera un ‘me da igual’, no; lo primero que uno piensa es ‘¿será verdad?’. Podría haberle dado los 20 euros que tenía en el bolsillo e igualmente haber pasado una buena tarde dando un paseo pero no, la precaución se impone e incluso la imaginación empieza a volar: ¿no sería más fácil que se trajera a su padre y así podría curarle aquí?, de ser verdad, ¿por qué no se pone en contacto con alguna ONG para que le ayude?, etc.

Entro en la sala y vuelve ese pensamiento: ¿podría haber puesto mis 20 euros en esa cesta y haber hecho que llegara a tiempo a ver a su padres, antes, quizá, de que el muera?, ¿le pondrán muchas pegas las autoridades?, ¿y si no lo volviera a ver?. Una película más, dos horas menos y la salida, ya no está, se fue, quizá consiguió el dinero para el billete o para su siguiente dosis. Se fue.

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Jazz after the dark

Desde luego hay músicas que han sido creadas para ser escuchadas por la noche y el jazz es una de ellas. Acabo de venir de un concierto gratuito y es curioso el tipo de gente que acude a estos eventos: almas solitarias, mujeres que nunca están satisfechas con su asiento y se cambian media docena de veces, matrimonios dispares en los que el hombre quiere irse a casa y la mujer prefiere quedarse, gente que solo va a aplaudir, gente que solo va a hablar, gente que no va,…
Quizá la palabra clave es gratuito, o incluso barato, recuerdo también una sesión en la filmoteca, un film de Kurosawa en el que una espectadora entrada en años le dijo a su marido (también entrado en años) insistentemente: ‘no se para qué me traes a ver estas películas que sabes que no me gustan’, obviamente él se hacía el sordo pero el resto de la sala no, porque también hay quien va a recriminar hasta el más mínimo soplido.
Volviendo al tema de la música, es impresionante la dimensión que está alcanzando este medio y lo enriquecedor que puede llegar a ser: ya no necesito escuchar principalmente las conversaciones de las marujas cuando voy en autobús sino que puedo estar deleitándome con un boogie que suena solo para mi. Obviamente los tecnófobos argumentarán que los reproductores portátiles distancian a la gente pero la verdad es que me han aportado una cantidad inmensa de cultura impensable hace unos años.
Recientemente he descubierto los grupos de música libre (olvídate del emule y las colas de espera), ahora puedes encontrar música que te gusta para descargar gratuitamente, y los autores te lo agradecerán. Lo que a algunos les parecía una utopía se ha convertido en una realidad palpable, el soporte físico no tendrá sentido dentro de unos añor: incluso las discográficas han visto que el dinero está en los conciertos y hacen contratos en ese sentido, al fin y al cabo antes ya se emitían contenidos gratuitamente en la televisión o la radio pero la cultura libre ha servido incluso para revivir viejos mitos. Betty Boop estuvo en un segundo plano durante un tiempo pero cuando algunos de sus cortos pasaron al dominio público fue posible relanzarla, hoy en día es posible encontrar cualquier artículo con la imagen de dicho dibujo animado de los 30, veremos si alguien dentro de 70 años recuerda alguno de los dibujos de hoy en día.

Doctor, soy autista

Todas las personas que conozco podríamos afirmarlo sin miedo a equivocarnos. Al principio es porque los demás son décadas más viejos que nosotros y obviamente no nos entienden (o no los entendemos), más adelante siguen siendo viejos (esta vez en el sentido despectivo de la palabra), unos años más y ni si quiera podrás decir qué le importa a pesar de pasas horas con él (con yo). Entonces os separáis, os veis el miércoles (de 18:00 a 19:30) por cumplir, como se suele decir, y luego lloras como un amargado por no haber disfrutado más de su compañía, como si te interesara.

Quizá te preguntes cuál ha sido la causa y bueno, la verdad es que las alternativas nunca fueron mejores, quizá llevabais demasiado tiempo juntos y sería mejor vivir unos segundos, escasos pero plenos.

Pero la vida nos ha hecho así, ¡Mentira! Tú te has hecho así, fuiste tú el que decidiste no llamar, fuiste tú el que decidiste sentarte frente a la televisión a ver qué ponían antes que acercarte y preguntar ¿qué tal?, fuiste tú, te condenaste, te excluiste y fue así como conseguiste lo que tienes: una mujer que no te quiere, un hijo que pasa de ti y un perro que solo se deja rascar cuando le rota; todo mérito tuyo, enhorabuena.

Uno de los agravantes del autismo colectivo es sin duda el orgullo, aunque resulta que los que verdaderamente tienen algo de lo que presumir lo niegan mientras que aquellos que se quedan cortos son los que más vociferan. Otro agravante es seguramente la especialización que padecemos, cielo e infierno de esta nueva sociedad, que nos condena a llevar conversaciones ridículas con aquellos que no están especializados en los mismo que nosotros. Pero lo que más me llama a atención es la supremacía, la supremacía que desprenden comentarios del tipo ‘Que le maten’ u otros del tipo ‘Todos lo queremos’, la gente que utiliza estos términos debería platearse que la mayoría no es posesión de nadie, la mayoría se define a sí misma y, por lo tanto, no necesita que nadie diga algo que es obvio. Hablando de mayorías, cada vez veo más ventajas a eso de ser un bicho raro, si le damos otro enfoque, pertenecer a una mayoría te impone muchísimos deberes, así, al que adore el pop y las películas de moda difícilmente podrá apreciar la grandiosidad de Cab Calloway o ese estado de paz interior en el que te sumen algunos clásicos del cine; de cualquier forma, esto no se reduce a lo cultural sino que abarca toda la vida, cuando uno pertenece a una mayoría no está libre de nada, y sino miren la prensa, a ver si hay alguien con dos dedos de frente en este país que diga: ‘Lo siento pero no tengo una bola de cristal y no se qué va a ser del proceso de paz’. No señor, aquí todos opinamos públicamente de todo y somos expertos en nada: cuando lo valiente hubiera sido admitir que la baja participación nubla tu victoria o que has perdido todo son ganadores, no hablamos de lecturas distintas, los datos están ahí, lo que escuchamos continuamente son mentiras desde el púlpito, y no conformes con las mentiras de los cielos nos transformamos en voceros del diablo y las repetimos.

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Diecisiete años

Diecisiete años estudiando, época de exámenes, dejo de hacer lo que me gusta, olvido las relaciones personales, cambio mi ritmo de vida, me fuerzo a dormir menos, apenas veo cine y prácticamente no escucho música. Y todo esto, ¿por qué?. Por la promesa de un futuro mejor. ¿Mejor?: Trabajar ocho horas al día quieras o no, pagar una hipoteca, cuidar de tus padres, no poder criticar nada al jefe, estar pendiente del depósito, aguantar a la familia y ceder ante presiones externas. Y todo esto, ¿por qué?. Porque nos morimos, así es. Basamos por completo nuestra vida en un momento que dura un segundo, y así es como avanza la humanidad: a base de privarnos de aquello que nos place. Así es como dejamos de ser simios y nos convertimos en esto. Por cierto: ¡Vivan los simios!

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Reencuentro con la paloma

Allí estaba, no era aquella que se mató ni la que quiso que le atropellara, era otra aunque era igualmente una paloma. Estaba allí, sentada en el césped como cualquier paloma pero lo que me llamó la atención fue que no se movía alocadamente de un sitio para otro, simplemente estaba sentada. Me acerqué a ver a la curiosa paloma, pero aún cuando estuve a medio palmo de ella no se movió, estoy seguro de que podría haberle dado una patada y habría permanecido inmóvil, era tan dócil, tan servicial…

Al mirarla de cerca vi que no estaba herida, parecía estar adiestrada, enseñada a permanecer quieta aún en las fauces de un león. Pero no era así, era dócil, sí, pero estaba esperando a la muerte: le había llegado el momento, lo sabía, y esperaba su turno. Como dijo alguien: estaba muerta, solo faltaba enterrarla. Viviendo la muerte, esperando apacible que llegara el momento, parecía tan sabia. Y todo sin familia a su lado, sin pompa ni funeral, siendo un animal era más consciente que cualquier de nosotros.

Pocos días después pasé por el mismo lugar, solo quedaban unas cuantas plumas esparcidas.

Paloma esperando a la muerte

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