En el tren

‘Euromed destino Barcelona- Sants, vía 2’, esa frase pronunciada por una voz metálica a las ocho de la mañana daba el pistoletazo de salida de un viaje a priori aburrido. Como uno es previsor me había ataviado con literatura y música suficientes puesto que las películas que emiten durante el trayecto son regulares en el mejor de los casos. Después de las típicas equivocaciones con los asientos la suerte hizo que me tocara justo en un extremo del tren, con una madre y su hija delante y con una de esas mujeres que todo lo miran de reojo a mi izquierda. El escenario estaba listo y con la misma ligereza con la que se abre el telón empezó a moverse el tren.
En este punto cada uno de los actores estábamos en nuestros puestos: la madre y yo leíamos nuestros libros mientras que la mujer del vestido violeta se decantó por una revista de interiorismo, la curiosidad de la niña pequeña se multiplicaba por momentos y después de haber cansado a su madre, la que constantemente le pedía tranquilidad, localizó a su nueva víctima. Esta vez la suerte sí intercedió por mi persona y la niña me asignó, sin saberlo aún, el papel de aliado.
Pareció adivinar lo molesto que me resulta leer mientras me miran así que pasado un tiempo prudente y dada la insistencia de la niña la correspondí sacándole la lengua. A los pocos minutos mi libro estaba ya en el revistero del asiento puesto que, si bien la niña era pequeña, su labia era enorme. A la media hora ya sabía su nombre, el de su madre, que iba al british school, y que su tía viajaba con ellas. Casi sin darme cuenta sacó de un bolso un pequeño muñeco de blancanieves, lo esconde en una de sus manos y me indica que adivine en qué mano está, se le cae y lo recoge la señora de la revista que aprovecha un momento en que se va la niña para decir: -que niña más insoportable.
-Y claro, la niña no me caía mal pero la mujer de mi izquierda sí por lo que me puse manos a la obra. La pequeña volvió e intenté hacer más agradable la conversación; entonces, en vez de quedarse sentada en su sitio decidió continuar hablando pero de pie en el pasillo al lado de la señora engreída mientras esta intentaba disimular su enfado, la conversación continuó y la niña, al ver que me reía cuando se movía por los baches del camino, comenzó a hacerlo todo el tiempo e incluso llegó a caerse sobre la señora, en ese punto no se si me hacía más gracia las caídas de la niña o la cara de la señora pero claro, todo lo bueno se acaba y la mujer, harta como estaba, decidió dejar su asiento prematuramente y se fue a la cafetería. ¡Buen provecho!.
Cuando dejé el tren debido a la insistencia de la pequeña llevaba en el bolsillo un dibujo de un círculo grande y otro pequeño (la niña y su madre, debe ser arte moderno) y un pez.

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